El tipo éste se casa y no nos invita a su boda y encima quiere que escriba de hoy para mañana sobre Damien Hirst y su puta madre y no sé qué de la feria de arte en Valencia (que fuimos a ver él y yo en un plisplás y ya ni me acuerdo); y va y me dice, tú a favor o en contra, y yo, en contra, cómo no. Tengo que decir que el muy capullo se ha casado nada menos que en los Jardines de Monforte, tope pijo; y que ha invitado a más de cien personas, nada menos.
Aquel día comimos en el chino de al lado de mi casa, La Casa China, y después fuimos a la Feria de Arte Contemporáneo (FIART), que decía que traía un par de invitaciones del banco (trabaja en un banco, además). He de decir que yo no voy a una feria de ésas ni jarto de vino, que me dan grima desde que en primero de Bellas Artes se me ocurrió apuntarme a una excursión a ARCO y me cegué, en serio, acabé cegado de todo el presunto esplendor del arte contemporáneo puesto así, como en un mercadillo. De eso hace más de quince años y por lo visto la cosa no ha cambiado mucho, sólo que en Valencia ya sabemos que las cosas se hacen un poco peor y si ARCO es cutre, es decir, si cualquier feria es cutre, una feria de arte en Valencia lo será un poco más.
Para empezar, lo mejor y lo peor de las ferias, de arte, se entiende, aunque por extensión de todas las demás, es que cuando sales del recinto ferial lo olvidas todo en unas pocas horas. Es como ir a ver una mala película, una enorme sucesión de imágenes intrascendentes. Hago esfuerzos. Para ser exactos, no sé si comimos antes de o después de. Sí recuerdo la comida (las comidas, al contrario que las ferias, son siempre únicas). Nos bebimos una botella de vino blanco y probamos las vieiras al estilo cantonés, por lo menos. Alejandro estaba exultante, muy dicharachero como siempre y con ese teatrillo gestual que me recuerda tanto a Woody Allen, parecía feliz, le acababan de regalar un grabado de Joseph Beuys y le entusiasmaba la idea de empezar una colección de arte en la que sin duda cabría alguna pieza de Damien Hirst.
Hablamos del gran artista inglés. Yo le dije que en realidad es el estereotipo del gilipollas integrado en el mundillo del arte. Es la prueba viva de que cuando el Arte pierde su función social sobrevive adaptándose al mercado; Hirst es de lo más refinado en ese aspecto que existe hoy en la escena internacional, es, digamos, el estereotipo del artista superadaptado al mercado capitalista, o tardocapitalista, o postcapitalista. Es megaguay; lo que hace le importa un pijo a nadie pero se vende muy caro porque el tipo se ha sabido publicitar como nadie.
Me toca los güevos que los artistas hayan aprendido tan rápido de los publicistas; pero es así, la escena actual es así de ambigua; la supuesta superioridad moral del gran Arte se ha diluido y ha desaparecido por el desagüe. No hay una gran diferencia, hoy, entre una inteligente campaña de marketing de una marca de ropa, pongamos Benetton, y lo que nos proponen algunos de los más reputados de nuestros artistas-estrella. Es bonito, es impactante, hace mucho ruido y se olvida fácil.
El propio concepto artista-estrella, del cual Damien Hirst es el mejor paradigma, es el peor síntoma de la actual situación del arte. De la producción de un artista-estrella sólo puede esperarse arte-espectáculo. Fuegos de artificio, como el conjunto monumental de estalactitas para el Palacio de la ONU de Miquel Barceló. Mu bonito, mu decorativo; pero qué, qué me dice usté, señor artista-estrella, qué me dice que yo no sepa: nada.
Ya no hay reflexión; ni sobre el arte mismo ni sobre la sociedad (el Arte, de tanto pensar ensimismadamente se ha cansado de pensar). Todo se ha vuelto complaciente con las instituciones, buscando el ascenso rápido en el mercado: ser más caro, no venderse más caro, estar vendidos. (Es decir, venderse barato.)
Estamos vendidos. A Alejandro le pone cachondo la obra titulada Por el Amor de Dios, una calavera humana auténtica, toda ella incrustada de diamantes, 8.601 en total, que alcanzó los cincuenta millones de libras esterlinas (74 millones de euros), pagados por un grupo inversionista desconocido (posteriormente, se supo que el propio Hirst, su manager y uno de sus galeristas pertenecían al consorcio). El robobó del siglo. El menda se jacta de ser el más espabilao. La utilización más perversa de las estrategias del mercado. Eso sí; un gran símbolo: el dinero y la muerte. Por cierto, ¿quién es el muerto que ha donado el esqueleto para tan alto menester?, ¿se sabe algo?
De la Feria de Arte Contemporáneo de Valencia me acuerdo poco, la verdad, ya lo he dicho. Debía estar un poco borracho o todo aquello estaba medio desmontao. Recuerdo el stan de My Name Is Lolita, un par de cuadros de Charris, un par de Gonzalo Sicre (lo mejor que vi en la Feria, que recuerde) y poco más. Lo más fresco estaba en el stan de la Facultad de Bellas Artes. Y lo rancio, lo rancio rancio del arte valenciano, se desparramaba por el resto de stans; neometafísicos, neosorollistas, neo-cutre-geos, neo-mira-mis-chorritos-de-pintura (informalistas)... lo que quieras a tutiplén.
Me la sudan las ferias porque el resultado final es éste: un discurso abigarrado y absurdo, una diarrea de todo lo que más odias de lo que más amas (el Arte con mayúsculas) con tropezones de cosas que intuyes que te podrían gustar pero que has visto aprisa y corriendo e impregnao del tufillo a moqueta y al aire acondicionao, to mezclao, todo en el mismo nivel, todo limpio y aseao. La velocidad y el ruido son las armas del marketing tardocapitalista mundial o internacional (las ferias de arte suelen ser internacionales, la nuestra, casi no; el vino blanco me nublaba la vista o no recuerdo más que una galería alemana, o dos, de fotografía: una gran y conocida foto de Thomas Struth como reclamo, no-sé-cuántos mil euros, hala). Una mierda de Barceló en el otro lao, de cuando se pintaba a sí mismo como si fuera un teleñeco con la polla empiná, tropecientos mil euracos.
De entre los rancios muy rancios, los que enmarcan los cuadros con maderas talladas, recuerdo como en una nebulosa el dulce esplendor de un dibujo de Antonio López, la tierna ilusión gestual de un Tapies, el aroma rabioso de un pequeño Francis Bacon, como lo mejor; entre mierdas de Feito, Hernandez Pijuan y otros. Los muy consagrados que se incluyen en toda feria que se precie. Encorsetados en sus pequeños formatos (para que puedan resultar accesibles) y amontonados en un panel todavía no tan apolillado como el cerebro del galerista que trafica con ellos.
No sé si fue ése el día que quedé con Alejandro para jugar al tenis (demasiadas actividades para un mismo día, me debo de estar confundiendo). En cualquier caso, quedamos él y yo en escribir algo, uno a favor y el otro en contra, como en un toma y daca tenístico. A mí me ha salido un artículo renegón, qué le vamos a hacer.
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2 comentarios:
De verás que eres sincero, renegón y has aprendido a enganchar con un ingenio "publicista" y eficaz al lector...
Siempre he tenido esa sensación de rastrillo cutre, en las ferias teñidas de un provincianismo alienador. Esa invalidez que te proporciona el querer rastrear entre tanta nada el "suceder" del arte.
De acuerdo con respecto a D.Hirst pero, lo prefiero a los nostalgicos, él está tan pegado a su tiempo que lo suple con descaro, no podemos buscar un Cézanne, sino agradecer y exigir un ? ,paso honesto por delante de nosotros.
Ha sido una suerte encontrarte...
vaya, un comentario en este secarral...
me parece bien lo de suceder; el arte sucede o no sucede; otro tema es saber cuando, como y quien...
has encontrado a un nostalgico, querida
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