20080111

Carmen Calvo y Jaume Plensa

Vamos a ver una nueva muestra de la valenciana Carmen Calvo en el IVAM, después de que hace años el Centro del Carmen organizara una retrospectiva que ponía en evidencia, de una manera muy didáctica, la evolución de nuestra pintora, del lienzo, o de la pared, a mostrar esa su particular cosmología de objetos con independencia del soporte, distribuidos por la sala, como una instalación. Así veíamos cómo la artista absorbía la evolución del mundo artístico, desde los años ochenta, fundamentalmente pictóricos, hasta los noventa, conceptuales. Su puesta al día, como la de otros artistas españoles de su generación, ha resultado casi su punto y final creativo, pues a partir de ahí ha sido incapaz de coger el hilo de los discursos conceptuales posteriores, lastrada por el hecho de tenerle que dar continuidad a esa búsqueda obsesiva, kitch e inocua, de motivos objetuales, de "cositas" con las que poblar su universo, de objetos que con su intrascendencia nos hablan de la intrascendencia del objeto, del mismo hecho artístico como acción manipuladora de objetos artísticos. Evidentemente, esta actividad puede prolongarse ad infinitum, pero llega un momento en que la prolongación excesiva de la "perdida del sentido" no es más que una dispersión de la dispersión, algo parecido a lo que les ocurrió a otros artistas célebres de los ochenta, como por ejemplo Ferrán García Sevilla. La "busqueda" de Carmen Calvo, parada en esa "bajada del cuadro" a la que me refería antes, en la muestra actual intenta una puesta al día desesperada introduciendo fotos (la fotografía, la penúltima técnica más o menos "de moda"). Después de la "bajada del cuadro", se puede decir que experimenta una "subida a la foto". Es decir, sustituye como soporte de fondo para sus "cositas" el lienzo por copias ampliadas de fotografías, de contenido igualmente kitch e intrascendente. Hay una cierta coherencia en todo esto, en el recorrido, también muy didáctico esta vez, que ofrece el museo, con un alto en una de las salas en la que, parece, nuestra artista tiene un momento previo a la introducción de imágenes fotográficas de gran formato, y utilida el collage de dibujos, se supone que de factura propia, aunque tampoco importa. (El dibujo, la antepenúltima técnica más o menos "de moda".)
Probablemente sin pretenderlo, la exposición del IVAM muestra a nuestra artista Carmen Calvo como la/el artista más versatil posible, capaz de meter baza en todas las disciplinas y técnicas, sin perder esa identidad que todos conocemos tan suya, centrada en la dispersión cosmológica de pequeñas "cositas", que por su igual poca importancia parecen que nos hablen de un hipotético big bang arqueológico, donde todo explota y se rompe y se expande, va y vuelve, y desaparece.
Cerca de Carmen Calvo el catalán Jaume Plensa nos presenta dos grandes instalaciones, con ese aire rotundo y gélido que le caracteriza. (Puede que haya más de dos, pero a estas alturas, más de un mes desde que vimos la exposición, yo sólo recuerdo las dos más espectaculares). Una de ellas es una cortina de letras metálicas, letras que penden de hilos formando frases y reproduciendo estrofas de poemas en diversos idiomas. En mi opinión resulta interesante este cruce rotundo entre los lenguajes de la poesía y la escultura, la tradicional y pesada, la del hierro (las letras, de siete u ocho centímetros cada una, son macizas y pesan, y las tienes que atravesar para pasar a la siguiente sala y chocan entre ellas). Fue divertido ver cómo a una señora muy arreglada, en ese domingo que habría aprovechado para realizar una visita cultural al museo moderno de la ciudad, se quedaba enganchada en una madeja de hilos y letras y tuvo que llamar al de seguridad para que la ayudara. El conjunto, la señora, el segurata y las letras formando frases y remezclando idiomas dentro del abrigo de la señora, formaban una auténtica "acción" auténticamente muy artística, mezcla de teatro, danza, poesía y escultura tradicional, la del hierro. (Me olvidé de la música, pues las letras seguían chasqueando y sonaban muy así, como música concreta.)
Lo último que recuerdo, en la sala del fondo, es una enorme cabeza construida hueca con una malla metálica, dando forma a un rostro que semejaba el de una mujer o, tal vez, por la forma de la mandíbula, un individuo afroamericano, o, como reza el título, Sho, un individuo oriental. La escultura es enorme, mide más de tres metros de alto. Y la sensación al convivir con ella unos instantes en la sala vacía es de un extrañamiento total, como estar metido dentro del espacio virtual creado por un programa informático. Porque la construcción mallada irremediablemente remite a eso, a los sistemas de modulación virtuales, informáticos. El rostro, el volumen, la enorme cabezota, un engendro sintético. Inquietante.
Creo que fue ese el día que nos pusimos morados, después del aporte cultural del museo, comiéndonos aquel gustoso arroz caldoso en el Rall. Recomendaría que en ese sitio se pida una ración menos de las que se pretenden consumir, pues allí las raciones son enormes, y los arroces buenísimos, y te lo quieres acabar todo y aixó no pot ser.

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