Reconozco que nunca me he acercado a la obra de este escultor sino tangencialmente. Tal vez porque la entiendo demasiado excéntrica (una excentricidad dentro de las excentricidades que suponen la modernidad y las vanguardias, o las postvanguardias), o tal vez porque el movimiento en sí de las cosas (movimiento físico o mecánico) nunca me ha impresionado, o porque la considero una obra en la estela de obras mucho más inquietantes, como las de muchos de los surrealistas y muchos de los dadaístas. Sé que Duchamp apreciaba estos objetos absurdos con esos dinamismos absurdos. Sin embargo, en esa escena en que se suele incluir la obra de Tinguely, los "nuevos realistas", creo que hay figuras mucho más interesantes y, desde luego, mucho más relevantes, como Piero Manzoni, Yves Klein o Christo.
No está planeado, pero la visita a la retrospectiva del Tinguely en el IVAM resulta rápida e intrascendente, como pasar por un parque y jugar con los columpios. (Creo que al propio Tinguely le hubiese gustado esta idea.)
La publicación del catálogo de Beuys se demora. Pasamos por la tienda a preguntar y no saben nada. Luego entramos en la sala donde se exhiben los dibujos y las esculturas móviles. En algún lugar he leído que precursoras del Arte Cinético; por su carácter mecánico, pienso, porque nada que ver con la ductilidad de los que vinieron después.
Duchamp alabada la importancia de Tinguely, al que consideraba un digno sucesor. Cuando he visto obras de Duchamp siempre he pensado que han envejecido mal, físicamente, y sin embargo se sostienen por la relevancia mítica de su creador, digamos que se sostienen gracias a los mecanismos conceptuales que las hicieron posibles. En Tinguely el armazón conceptual es muy débil, demasiado simple, así que el cutrerío se revela como una broma que perdió su gracia hace décadas, como juguetes fantasma o conejitos Duracell que continúan tamborileando después de un accidente nuclear... Enfrentarse a esas esculturas que a veces gritan, de pronto saltan o giran, resulta un estimulante ejercicio de regresión infantil. Su absurdo señala las bases del absurdo de la obra artística a partir del siglo XX. En el arte, parecen querer decir, vamos a ejercer una lógica deforme, contraria a la lógica funcional de la industria. Ningún objetivo tienen los extraños movimientos de esas esculturas; más que la parodia del propio movimiento. El maquinismo, aquí, empieza y acaba en un sinsentido. (Pero esto son historias viejas, ¿quién se preocupa por el maquinismo en la era de las microtecnologías?.)
Tengo entendido que hubo muchos más de estos objetos; muchos otros que se autodestruyeron en "juergas" neodadaístas, lo que hoy serían perfórmances neohippies. Tinguely ensamblaba artefactos enormes que luego estallaban (gran simbolismo: la lógica del movimiento hacia la autodestrucción)... Es posible, por lo tanto, que no hayan sido construidos para durar. Sin embargo aquí los tenemos, con ese aspecto quijotesco, a punto de descalabrarse (a medida que voy escribiendo me van gustando más, claro que sí, son artilugios idiotas, locuras fantasma, quijotadas; tal vez esa desfachatez sea muy reivindicable en nuestra época... me recuerda un poco a la vorágine absurda de las instalaciones de Thomas Hirschhorn, por poner un ejemplo)...
Quizá el error autocomplaciente de Tinguely fuera haberse quedado en el aspecto mecánico de sus "cosas", y no haber indagado en aspectos icónicos, como hiciera Schwitters, o conceptuales, como hiciera Manzoni...
Debería estar contento de poder contemplar a un histórico y no enfrentarme a él desde esta perspectiva reaccionaria y descreída. Al fin y al cabo, tipos como Tinguely reforzaron de minas el campo minado en que los dadaístas habían convertido el Arte; gracias a héroes como ellos podemos hoy campar a nuestras "anchas" por ese vasto y desierto paisaje.
Nos entretenemos demasiado jugando a poner en movimiento las cosas de Tinguely (quince o veinte minutos, tal vez media hora), y nos peleamos demasiado con las de la librería para que nos digan de una vez cuándo publicarán el catálogo de la exposición de Beuys ¡que ya se está acabando!, así que se nos hace tarde para que nos den de comer en cualquier restaurante de la ciudad. La solución en estos casos siempre es el Orient Express, ese sitio de la calle Roteros en el que sirven una especie de mixtura china-japonesa de doce de la mañana a doce de la noche, vayas a la hora que vayas. Comemos judías de soja y noodles. Bebemos batidos de frutas.
20080519
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