Joan Miró se parece a la comida china. Es etéreo como un plato de tempura, volátil como unos fideos de arroz, flexible como el bambú y las setas al vapor. El viernes por la noche llevamos a mi hermano a cenar al Yi, frente a nuestra casa. Estamos muy cansados después de todos estos meses de cuidar al bebé. De vez en cuando resulta agradable bajar al Yi, disfrutar de uno de sus platos con tofu, de la mencionada tempura, incluso, de las vieiras en salsa de ostras. Allí, en el Yi, ya nos conocen; nos preguntan por nuestro hijo, nos invitan a beber sake, nos acompañan al salir y nos abren la puerta para despedirnos (aunque esto último, según creo, lo hacen con cualquiera). Recuerdo una vez que bajé a por un plato "para llevar" y la chica me recomendó un método (sin duda oriental) para hacer eructar al bebé. Lo he olvidado.
El sábado fuimos a ver la exposición de Miró en Bancaixa. "Miró y las mujeres". Cualquier excusa vale con tal de ver un Miró. El acierto, en este caso, es que la muestra permite ver obras del gran artista catalán de diversas épocas y en diferentes formatos y materiales. Los dibujos dan paso a los grabados y monotipos y óleos y gouaches e, incluso, alguna escultura. Yo, más que Miró y las mujeres (o, Miró y la mujer) hubiese puesto de título "Miró y el sexo". Pues lo importante en Miró, más que las referencias constantes a la morfología del cuerpo de la mujer, es la sensualidad como tema, como parte fundamental de su práxis dibujística y artística en general. Miró no fue el creador voluptuoso que fue Picasso, su potencia sexual no era arrebatadora, no fue tanto el asesino que pretendía ser (de la pintura, nada menos); sin embargo, su relevancia es fundamental, qué duda cabe, a un paso por detrás del malagueño (o dos pasos o varios), con una arquitectura dibujística que, al igual que sucede con la comida china, nos llena el paladar de texturas acuosas, etéreas, volátiles. Miró, pienso, nos llena la imaginación de esperanza por la propia imaginación, por la libertad ejercida en torno a ella, por el juego sensual que practica el mismo recorrido de la línea.
Miró no era el pintor infantil que nos quieren hacer ver. A mí me gusta el Miró viejo, el sabio Miró viejo. Siempre me ha impactado, desde que la vi, una fotografía suya dibujando con un palo de madera en el suelo, en una playa de Mallorca. En esa fotografía es un viejo encorvado, cabizbajo, dibujando obstinado lo que sin duda en breve será borrado por el agua del mar. En algún lugar he leído que los monjes zen hacen lo mismo, practican signos dibujados en cuadros de arena, los borran de inmediato para poder dibujarlos otra vez. Cualidades orientales son la obstinación, la repetición, el perfeccionamiento. Miró no es un pintor infantil, como nos quieren hacer creer. Miró es un pintor obstinado que practica la pintura como un rito. El signo mironiano pertenece a una búsqueda vital que no tiene fin. No era un niño, era un sabio.
Lo que más me gusta de la muestra de Bancaixa es también lo que produce, en mi opinión, su única falta. Pretenden que esté el Miró de todas las épocas. A mí no me gusta el Miró más arrimado a la ortodoxia de la vanguardia surrealista: el maniquí, la ambigüedad sexual, el vello encontrado en lugares impropios... Aquí Miró vive en el París de Bretón y se arrima a sus dictados para ser incluido en las colectivas del grupo. Con una perspectiva un poco más amplia, la que dan los años que han pasado, esta incursión del imaginario de Joan Miró en los "peligros del subconsciente" resulta anecdótica y un poco ridícula. Se contradice con su principal cualidad: la alegría. Es decir, Joan Miró no es Alberto Giacometti ni falta que le hace. Ni pretendiéndolo, Joan Miró pulsa los resortes de nuestros miedos psicoanalíticos. Miró nos gusta como parte de un juego muy vitalista.
Joan Miró es, como pocos, un artista que se puede asociar a la comida. Miró y el comer tendrían tanta relación como Miró y la mujer o Miró y el sexo. Picasso también, pero a Picasso lo asocio con las comidas pesadas, con los banquetes pantagruélicos. En el restaurante chino mi hermano nos contó sus planes con su novia brasileña. Entre plato y plato su historia tomaba forma como una revelación. Mi hermano parece opaco pero luego resulta ser muy transparente. De postre tomé helado de té. Para cerrar, el sabor del sake.
20090602
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