20090720

El pictorialismo revisitado

No suelo pensar en el pictorialismo. Me horroriza la idea de adornar fotos, al estilo de Ouka Leele. Hacer las cosas bonitas no es lo que me interesa.
Salimos con el nene. Todo un ritual. Cargar el carrito en el coche, cargar al rorro en la silla del coche, conducir, descargar y montar el carrito...
Comemos en La Sucursal. Frente al retrato de Alberto Giacometti. En realidad, no entramos al restaurante sino que nos quedamos en el bar, en plan barato.
Es agradable. El nene duerme.
Probamos una vichysoisse exquisita, canelones, carrillada y helado de caramelo. Veinte euros, no va mal. El camarero se queja de que no tienen apenas clientes. La crisis.
Pretendemos ver las exposiciones de Bancaixa. Pero hemos aparcado lejos y caminar cansa mucho a estar horas, con esta calor.
Nos metemos en la Beneficencia. Hay una muestra de un tipo valenciano de principios del siglo XX, un pictorialista. Francisco Mora Carbonell. "El encanto discreto."
No suelo pensar en el pictorialismo. Aquellos hacedores y retocadores de fotos debieron ser muy mal considerados en su tiempo. Fotos con pretensiones de pintura, sustitutivos en blanco y negro del gran arte de la pintura francesa del diecinueve. Aquellos tipos, con sus fotos pretenciosillas, hicieron lo que conceptualmente se hizo varios lustros antes. Su paisajismo cursi y melindroso imitaba sin apenas aportaciones conceptuales, con la salvaguarda de sus flirteos procedimentales. Cada pictorialista tuvo sus cocinitas, como pasaba con los pintores.
No suelo pensar en el pictorialismo. Imagino su arte como un asunto elitista, de ricos, de burgueses, de tipos adinerados con aspiraciones de pintor, pero sin habilidad o sin estilo. Falsos pintores racionalistas. Habitaron una tierra de nadie. Nada de documentos, lo suyo era una especie de esteticismo procedimental, a medio camino de ninguna parte, sin herederos (salvo en la postmodernidad, las oukas leeles). La fotografía se hizo un arte y se convierte en otra cosa, desecha los caminos abiertos por el pictorialismo por esteticistas e impropios.
Solamente hoy nos pueden gustar sus resultados. La foto, manipulada, se ve doblemente vieja. El difuminado nos parece ingenuo, ciertamente encantador, viejuno, como un inconsciente antecesor de los barridos de Gerhard Richter. Su tono pastoral, esteticista para su tiempo, hoy es doblemente ingenuo, como si pretendiese eludir su funcionalidad documental, como si obrase inconscientemente una reflexividad postmoderna sobre los arquetipos del paisaje. Imagen que pervierte los origenes de la imagen.
Seguramente, Mora Carbonell y sus colegas pistorialistas, fueron unos hideputas adinerados que eludieron la fotografía como documento social porque entraba en conflicto con sus intereses burgueses. Lo suyo era pasatiempo.
Hoy, en cambio, todo lo arcaizante del asunto da una vuelta de tuerca a su sentido. Es como una broma del destino.
Luc Tuymans pinta sus cuadros amarillentos para que parezcan fotos viejas.
Toda la mejor pintura actual se hace a partir de fotos, los nuevos cuadros son, conceptualmente, equiparables a fotos retocadas.
Aquel camino sin salida que emprendieron los pictorialistas como entretenimiento entronca, en este tiempo, con algunas de las nuevas realizaciones postmodernas.
El sentimiento de la mayor parte de las fotos de Mora Carbonell es de nostalgia. Su tristeza impostada tiene en su punto de mira el naturalismo. Hoy, las propuestas de Tuymans nos dicen que no es preciso ser original, que puede utilizarse el arquetipo para decir cosas tangenciales, para hablar en voz baja, para superponer nuevos significados. Los pictorialistas, como es evidente, no fueron tan perversos. Somos nosotros, al ver sus fotos casi un siglo tras haber sido realizadas, los que las pervertimos con nuestra mirada.

20090716

Sexo, desastre y violencia

Nuestros vecinos los chinos han abierto un wok. Son chinos pero guapos, nada de esas caras aplastadas. El tipo bien puede pasar por Bruce Lee (por cierto, acabo de darme cuenta de que no conocemos sus nombres, por eso los llamo "nuestros vecinos los chinos"). El tipo, que debe ser el jefe de algo, es bastante introvertido, sonriente cuando nos ve, pero con ese algo ausente que suelen tener los orientales. Fantaseo con todo ese margen desconocido, su actitud denota dureza con los suyos, incluso, fantaseo otra vez, peligro. Es, dice Sara, de los que te raja el cuello y no se inmuta, y, luego, se pone a servir mesas. Ella, la china, en cambio, es extrovertida. Siempre nos pregunta por Diego. Su amabilidad resulta natural e innata y nunca nos hace sentir desplazados.
En el acto inaugural del restaurante wok llegaron coches cargados de chinos pudientes y centros florales que enseguida adornaron la entrada. Nos dimos cuenta de lo poderosos que deben ser nuestros vecinos chinos dentro de su entorno social chino.
Comemos mucho. Hongos, marisco, pescado, carne... todo cocinado al wok. Por mucho que miro, no entiendo esa mezcla de hervido y fritura.
Luego vamos a la Sala Parpalló, a ver la muestra de Moisés Mahiques. A este tipo le tengo envidia. La primera vez que expuse fue en Mislata, en la Casa de la Cultura. Moisés Mahiques expuso justo antes que yo en ese mismo sitio, creo que su primera muestra, a su vez. Desde entonces, su ascenso ha resultado imparable. (Yo sigo hundido en la miseria.) Cuando lo veo premiado en un anuncio de un diario o en la tele, recuerdo aquella primera muestra que fuera su punto de despegue (ya entonces, mientras yo montaba, vinieron unos galeristas preguntando por el autor de la muestra anterior, el tal Mahiques).
La muestra de la Parpalló se titula Sweet Illness, e incluye tres series llamadas Happening Location: Sex Happening Location, Disaster Happening Location y Violence Happening Location. Desde aquella primera muestra en la Casa de la Cultura de Mislata, la obra de Mahiques tiene una identidad muy definida: la silueta de un hombre desnudo, ejecutando una suerte de movimiento sobre el fondo blanco. A veces, sobre el fondo blanco aparece un objeto, un mueble, un elemento que se enfrenta al movimiento del cuerpo silueteado mediante su estatismo. El movimiento del cuerpo se sugiere mediante el dibujo concurrente de los diferentes momentos que lo componen, creando un entramado a veces confuso de cuerpos superpuestos, un temblor lineal de ritmo variable. Sex, Disaster, Violence, titula en la lengua de Shakespeare igual que los grupos indie-rock nacionales con quienes, presuntamente, Mahiques comparte inquietudes generacionales.
No es novedad dibujar el movimiento de esa manera, desde los experimentos del fotógrafo norteamericano E.J. Muybridge, a finales del siglo XIX, a las pinturas de los futuristas italianos del período de entreguerras, pasando por el Desnudo Bajando una Escalera de Duchamp. La novedad, tal vez, es el dibujo lineal, rotulado sobre papel. El entramado palimpséstico genera, tal vez, asociaciones inquietantes: el cuerpo convertido en signo, en escritura... su movimiento congelado que, por el poder del palimsesto, pierde la normal noción del tiempo, convertido en un totum continuum, en una especie de caligrafía total.
Mahiques celebra, ya desde sus comienzos, el auge del dibujo como gran arte. Agotada la pintura, desgastada la fotografía, el dibujo entra a formar parte del debate artístico. Mahiques es el representante valenciano de este hecho. Un buen representante, un tipo que solamente dibuja sobre el blanco del papel.
Su insistencia puede resultar aburrida, sin embargo, sus series introducen nuevos matices: el sexo, el éxtasis del cuerpo que se retuerce y choca, la violencia, el cuerpo en desequilibrio, y el desastre, el cuerpo roto, derrotado. Con el discurso claro, Mahiques dialoga con el signo, juega a resituar su particular danza dibujística.
Yo no acabo de entender algunas estrategias. En la obra de algunos artistas, como en la de Raymond Pettibon, se justifica plenamente el uso exclusivo del dibujo: proviene del cómic, rescata una iconografía underground, pop y adolescente. En Pettibon, el texto y la inmediatez son tan importantes como la calidad del dibujo. Lo inmediato se manifiesta en el papel como forma definitiva, como rasgo automático.
Mahiques, al contrario que Pettibon, utiliza un dibujo refinado, casi con la precisión de una herramienta infográfica. Tal vez, esta cualidad exige nuevos soportes experimentales. En ese sentido, la obra de este singular dibujador valenciano puede resultar embrionaria. La metafísica de esos cuerpos que se hacen signos, tal vez, pida que sean congelados en soportes gélidos, tal vez, electrónicos.
No me voy a dejar llevar por la envidia. El cocinero chino que me prepara al wok lo que voy a comer es vigilado por un par de chinos con aspecto de mafiosos. Lo vigilan o son imaginaciones de quien escribe. El mundo de los orientales es oscuro y desconocido. Salgo satisfecho, no entiendo lo que he comido.

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